La líder nacionalista Ana Pontón, tras el recuento de votos de las autonómicas de 2024.
La líder nacionalista Ana Pontón, tras el recuento de votos de las autonómicas de 2024.Rosa González

El paisaje de la izquierda se está reconfigurando desde sus raíces autonómicas. Las elecciones de Aragón dejaron una fotografía incómoda para las grandes siglas estatales, con el batacazo del PSOE y una Chunta que firmó su mejor resultado desde 2003. Alzándose como único frente real ante la derechización del tablero, la izquierda ha encontrado en el kilómetro cero su mejor baza y ha dejado claro que, cuando la marca estatal se desgasta, el arraigo territorial gana valor.

De ahí que Gabriel Rufián decidiese sacar el megáfono para agitar su nueva alianza, con la que pretende plantar cara a PP y Vox de cara a las generales. El problema es que, aunque el portavoz de ERC ha seducido a IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comunes, el invento todavía no ha calado entre las siglas autonómicas más fuertes. Su buena salud las hace poco permeables a las gracias del independentismo catalán y las empuja a hacerse una pregunta incómoda: ¿compensa diluirse en una coctelera dirigida desde Madrid cuando la marca regional atraviesa su mejor momento?

Sobre el papel, la unión del nacionalismo gallego sería oro para Rufián. Las elecciones generales de 2015 ya demostraron que concentrar todo el voto a la izquierda del PSOE puede disparar los resultados en una comunidad como Galicia. Las Mareas -la coalición de izquierdas impulsada por el primer ciclo de Podemos- alcanzó entonces los 408.370 votos y seis diputados en el Congreso, convirtiéndose en segunda fuerza por encima del PSOE y barriendo al BNG, que decidió no integrarse en aquel experimento.

El Bloque pagó ese precio inmediato con la pérdida de sus escaños en Madrid, pero evitó quedar subordinado a una estructura de ámbito estatal en un momento de euforia ajena. Resistió en las autonómicas siguientes con seis diputados en el Parlamento gallego y, cuando el proyecto de las Mareas comenzó a deshilacharse entre tensiones internas -con Yolanda Díaz como uno de los principales rostros de aquella etapa y, a la postre, la única dirigente que ha logrado sobrevivir políticamente a su descomposición-, el BNG no tuvo que asumir ese desgaste. Al contrario, fue ocupando ese espacio hasta consolidarse como principal referencia de la oposición en Galicia y firmar en 2024 su mejor marca histórica, con 467.074 votos y 25 escaños, mientras Sumar y Podemos quedaron fuera de la Cámara gallega.

Ese recorrido es el que altera hoy los incentivos. Para el frente que impulsa Rufián, incorporar al BNG permitiría intentar de nuevo una concentración del voto con potencial para acercarse a aquel techo de seis diputados nacionales. Pero para la formación que lidera Ana Pontón, que ya vislumbra la posibilidad de ampliar su presencia en el Congreso en solitario, la lógica que ha guiado su crecimiento ha sido justamente la contraria. Mantener sus siglas ha sido más rentable que diluirse en plataformas diseñadas desde fuera.

El propio dirigente de Chunta, Jorge Pueyo, gran beneficiado del vuelco aragonés, ya apuntó en una entrevista con EL MUNDO que «las regiones en las que no hay partidos así, están condenadas al olvido» y subrayó que el BNG, junto a Compromís, es un «buen espejo» en el que mirarse por haber resistido la ola de Podemos sin diluir su identidad. Ahí reside el imposible. La tierra quemada que dejaron las Mareas en Galicia y una cultura política que ha aprendido que diluirse puede salir caro.

El Bloque sabe que una candidatura conjunta podría inflar el marcador en Madrid y estrechar el margen del PP y Vox, pero ha decidido que su beneficio está en otra casilla. Puede compartir papeleta con Bildu o ERC en las europeas, incluso en coaliciones que despiertan más polémica por su perfil soberanista, porque el marco y el coste son distintos. En las generales, en cambio, blinda sus siglas con celo. Controla listas, discurso y estrategia porque entiende que su marca, sin intermediarios, es más rentable que cualquier frente plurinacional.